La producción de petróleo y gas no convencional en Argentina alcanzó el 70,6% y el 69,8% del total nacional, respectivamente, según datos publicados por el Ministerio de Economía correspondientes a mayo de 20261. Casi todo ese volumen sale de Vaca Muerta, la formación shale de Neuquén.
El riesgo ya no está en el subsuelo, sino en la superficie. El ritmo de extracción depende de una infraestructura de evacuación que debe crecer al mismo paso: oleoductos, plantas de procesamiento y terminales de exportación1.
Entre los proyectos clave figuran el Oleoducto Vaca Muerta Sur, pensado para sacar crudo hacia puertos de exportación, y los gasoductos que conectan la producción neuquina con Brasil y Chile1. Si esa capacidad de transporte no escala al mismo ritmo que los pozos, la producción puede tocar un techo.
El Ministerio de Economía calificó este riesgo como de severidad mayor y probabilidad media, con un nivel de confianza del 70% sobre el escenario1. La lectura es directa: más producción no garantiza más despacho si los ductos no acompañan.
Para las provincias productoras y para el desarrollo económico regional, la implicancia es concreta. Un cuello de botella logístico no solo frena el crecimiento reportado del sector energético; puede forzar una curtailment de la producción, es decir, recortes forzados en los pozos ya perforados.
Argentina viene mostrando una dependencia creciente del shale como motor de su matriz energética. Con siete de cada diez barriles y siete de cada diez metros cúbicos de gas proviniendo de yacimientos no convencionales1, la brecha entre capacidad de extracción y capacidad de transporte se vuelve la variable a monitorear en los próximos meses.
El desenlace de esta tensión —entre pozos que producen más rápido de lo que los ductos pueden vaciar— definirá si Vaca Muerta sostiene su expansión o si el propio éxito productivo termina limitando su crecimiento.


